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DOMECQ & SOTOGRANDE, UNIDOS POR EL POLO

DOMECQ & SOTOGRANDE, UNIDOS POR EL POLO

Domecq es uno de los apellidos con más solera del Sur de España. Una gran familia cuyas ramas se tornan inabarcables para un solo reportaje. Centramos la atención en Sotogrande, donde este nombre se escribe con letras mayúsculas a la hora de hablar de polo. Polo By La Bocha charla con Nacho Domecq, testigo directo de aquellos primeros años en la urbanización, que mostramos a nuestros lectores a través del legado gráfico de HCP capturado por la cámara de Doro Plana.
La relación entre Domecq y caballos es consustancial. Existen, sin embargo, dos o tres familias donde esa pasión es mayor si cabe y, entre ellas, está la de Nacho Domecq:
“Mi abuela se quedó viuda joven y tenía toros. Como lo que le gustaba eran los caballos, vendió los toros y se quedó con los caballos. De ahí, vino nuestro amor por ellos. Del gusto por los enganches de la familia, mi padre derivó al polo, inculcándonos su amor por el a mí y a todos mis hermanos, explica”.
Pedro Domecq de la Riva comenzó a jugar al polo con sus primos en Jerez en la década de 1940. Antes de la Guerra ya lo practicaba, pero fue a partir de los cuarenta cuando se dedicó más a este deporte, con numerosos viajes por Europa y parada en destinos como Francia( Deauville), Inglaterra ( Cowdray Park, Windsor…) o Italia (Roma), entre otros. Podría decirse, que aquellos fueron sus años dorados, deportivamente hablando.
“Durante varias temporadas, mi padre lo ganó prácticamente todo (y en repetidas ocasiones) con su equipo Casarejo: la Copa de Oro de Inglaterra, la Copa del Rey de Madrid, la Copa de Oro de Deauville…”, comenta orgullo su hijo Nacho.
Precisamente, fue aquella pasión por el polo la que hizo que Sotogrande llegase a los Domecq.
Enrique Zóbel había construido el primer campo de polo en Sotogrande; la mítica cancha de La Playa. Para su puesta en marcha, se celebró, en octubre de 1967, un torneo nacional al que acudieron los seis mejores equipos de España, en representación de todos los clubes existentes en aquellos años en el país: el Real Club de Polo de Barcelona, el de Puerta de Hierro (Madrid), la Real Sociedad Hípica del Club de Campo, la Real Sociedad Jerezana de Polo, el Club de Polo de Fadura (Bilbao) y el de Sotogrande.
Aquel mítico encuentro fue la puerta de entrada de la familia Domecq a Sotogrande, lugar que ya nunca abandonarían. Pedro Domecq Díaz, Pedro Domecq de la Riva, Pedro Domecq Urquijo y José Ignacio Domecq acudieron a Sotogrande en representación del equipo jerezano. Lo hicieron, además, acompañados de Ignacio Domecq quien, por entonces, era un niño.
“El tema de Sotogrande llegó a nosotros a través del polo. En el año 1967 se organizó un campeonato en la urbanización y para celebrarlo invitaron a gente de distintos lugares donde se practicaba este deporte, como Madrid, Bilbao o Barcelona. Nosotros vinimos de Jerez. Eso fue en un mes de octubre y para diciembre se preparó un campeonato de Navidad y repetimos. Así comenzamos a hacernos asiduos a Sotogrande. Veníamos mi padre, mis hermanos, yo, que era pequeño, mi tío José… En aquel tiempo solo había para hospedarse los bungalós del golf y el Hotel Tenis”, recuerda Nacho Domecq al respecto.
Tan solo unos años después, Nacho Domecq ganaría la primera Copa de Oro de Sotogrande:
“En 1973 se jugó la Copa de Sotogrande por primera vez en verano. Mi padre no podía jugar porque estaba lesionado y lo hice yo. Fue mi primera Copa de Oro y gané. A partir de ese año vengo todos los veranos, sin falta”, relata emocionado.
Sotogrande se convirtió en el segundo hogar de la familia y, su torneo, en parada obligada:
“Mis hermanos, mi padre y yo hemos disfrutado muchísimo del polo en Sotogrande. Al principio, ellos jugaban en el mismo equipo con mis primos y mi tío. Luego, montamos dos equipos diferentes. Éramos fijos en la urbanización. Recuerdo que un verano mi padre se marchó a Deauville a jugar y dejó sus caballos en la urbanización para que compitiésemos nosotros”, comenta el polista.
Desde aquellos veranos han pasado muchos años. Nacho, junto a los suyos, sigue disfrutando de la urbanización y del polo. Un deporte cuya pasión comparte ahora con sus hijos que, aunque no se han dedicado a él profesionalmente, lo practican asiduamente, asegurando, por muchos años, ese nexo de unión tan especial creado entre polo, Domecq y Sotogrande…

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